domingo 1 de noviembre de 2009
La riqueza según Céfalo, interlocutor de Sócrates en La República
martes 6 de octubre de 2009
Curiosidades musicales I
Imaginemos por un un momento lo buena onda que se habría escuchado el himno mexicano en versión relax cantada por Bob Marley (or else):
Mexicanos al grito de reggae... etcetera
Mexicanos al grito de reggae... etcetera
Mexicanos al grito de reggae... etcetera
En lo que a alguien se le prende el foco, aquí les dejo la versión reggae de la Marsellesa grabada por S. Gainsbourg, que la disfruten.
martes 7 de abril de 2009
La ficción y el plagio

Montecristo y José
Empecemos por un clásico como El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Una historia de cientos de páginas que relata como la envidia condujo a la traición. Danglars y Fernando, acusaron con pruebas falsas a Edmond Dantés, su compañero de trabajo, de ser un bonapartista en los meses de la Restauración en Francia. Danglars y Fernando sentían mucha envidia de Dantés porque era el preferido del señor Morrel, dueño del barco en el que trabajaban todos. Entre otras razones, Dantés era el preferido por su diligencia y su honestidad. A raíz de la denuncia, Dantés fue encarcelado por el sustituto del procurador del Rey (Villefort) en el Castilo de la isla de If. Debido a que el complot incriminaba al padre de Villefort., este decidió encarcelarlo a pesar de saber que era inocente Condenado por más de 20 años a purgar una pena de la que no era culpable, perdió de la noche a la mañana su libertad, a su prometida y a sus amigos... sin saber por qué. Tampoco vio morir a su padre y quedó marcado físicamente por la tortura de los carceleros.
Pero su vida cambió, y Dantés encontró en prisión a un sabio y generoso abate que le enseñó la educación que no tuvo como marinero. También adquirió un secreto que lo llevaría a encontrar una fortuna inmensa y a convertirse, de la noche a la mañana, en inimaginablemente rico. Dantés pudo escapar de su prisión y comenzó una venganza tan implacable como cuidadosa en contra sus enemigos, que sólo hasta el final lo reconoceron como aquel joven marinero con quien se ensañaron. A lo largo de la historia Dantés sólo sería conocido como El Conde de Montecristo.
Pero decenas de siglos antes que la fascinante historia de Montecristo, y con varias páginas menos, encontramos en el capítulo 37 del Génesis una historia que tiene una estructura paralela a la de Montecristo. José, hijo predilecto de Jacob, era odiado por sus hermanos quienes lo vendieron a unos mercaderes como esclavo. Fue entonces cuando José pasó por múltiples pruebas, incluida la prisión de varios años en Egipto a causa de una mentira que le fue dicha a su amo, quien lo mandó encarcelar. En la prisión, José se hizo de la gracia de los carceleros por su habilidad de predecir el futuro a través de los sueños. Esta habilidad llegó hasta los oídos del Faraón, quien le solicitó que interpretara un sueño sobre siete vacas gordas y siete vacas flacas. José le dijo que el sueño significaba que vendrían siete años de fertilidad seguidos por siete de hambruna. El faraón se mostró satisfecho con la interpretación e hizo a José gobernador de Egipto. Huelga decir que la profecía se cumple.
La hambruna provocó que los hermanos de José, junto con Jacob su padre, llegaran a Egipto en busca de alimento. Los hermanos de José no lo reconocieron cuando solicitaron comida al gobernador de Egipto. José permaneció atónito pero decidió, sorprendentemente, perdonar a sus hermanos a pesar del daño que le habían causado y los proveyó de alimento y casa.
Si Dantés se vengó, José perdonó. Sin embargo, el paralelismo es tan evidente como paradójico ¿qué tiene que ver la Francia del siglo XIX con el Egipto de los faraones? Pero al mismo tiempo, ambas historias juegan con un elemento dramático que por generaciones ha atraído al espíritu humano: la reivindicación frente al daño ajeno y la posibilidad de que ese daño se convierta en el centro del éxito personal. En un primer acercamiento, sorprende que mientras Dumas haga énfasis en la venganza, Moisés (o quien haya escrito el Génesis) lo haga en el perdón. Sin embargo, la diferencia es bastante razonable si se considera que el mensaje del texto bíblico es el socrático: “el mal nada puede contra el justo”, mientras que la historia de Dumas se fundamenta en una visión materialista como elemento primordial de reivindicación.
Don Quijote y Áyax
Tal vez este paralelismo sea más conocido y estudiado, pero no por eso deja de ser esclarecedor. El capítulo XVIII de la primera parte del Quijote quizá sea uno de los más divertidos de toda la historia, pero su originalidad no radica en los actos de don Quijote, sino en el significado totalmente diferente que le dio Cervantes. El capítulo relata cómo Don Quijote y Sancho avistan desde una elevación una nube de polvo en el fondo de una llanura. Pero lo que para Sancho es una manada de ovejas y carneros, para el pobre don Quijote son dos ejércitos que están a punto de enfrentarse. Don Quijote no sólo le afirma a Sancho las razones que llevan a cada ejército a enfrentarse, sino que describe uno a uno los regimientos con sus respectivos generales. Increíblemente, don Quijote se lanza a toda velocidad para ponerse bajo las órdenes de uno de los “ejércitos”, y de inmediato empieza a matar ovejas y carneros que confunde con soldados enemigos. Naturalmente, los pastores que nada saben de su locura comienzan a lanzarle piedras que dan con don Quijote en el suelo y lo dejan inconciente.
Del mismo modo, pero también escrito decenas de siglos antes, encontramos en la Ilíada un episodio similar. Cuando Aquiles muere a causa de la flecha de Paris, Áyax y Ulises luchan por quedarse con su armadura. Agamenón decide que la controversia debe ser resuelta por una disputa de ingenios, que obviamente ganó Ulises. Áyax cayó exhausto al final de la disputa pero cuando recobró el sentido estaba furioso. Su furia lo llevó a confundir a un rebaño de carneros con los aqueos y con sus líderes: Agemenón y Ulises. Áyax comenzó a acometer con su lanza a todos los carneros hasta que no quedó ninguno. Cuando recobró el sentido, sintió una gran vergüenza que lo arrastró a quitarse la vida con la espada de Héctor.
Si bien tanto para Homero como para Cervantes confundir ovejas con enemigos y matarlos es un deshonor y una locura, para el primero quien realiza tal acto se hace digno de muerte, mientras que para el segundo el personaje francamente nos divierte. El disparate bien puede ser una lección moral de por qué no debemos dejarnos llevar por el enojo y menos la furia, o bien nos puede hacer pasar un excelente momento de risa. Por si alguna duda queda de cómo Homero inspiró a Cervantes en este capítulo, tan sólo recordemos como Don Quijote hizo un largo recuento, uno por uno, de los generales que comandaban los ejércitos, mientras que Homero dedica casi todo el Capítulo II de la Ilíada a relatar quienes son los generales que acuden a la guerra contra Troya.
José Arcadio Buendia y Zeus
En Vivir para contarla, Gabriel García Márquez afirma que la lectura de los clásicos de la antigüedad griega fue para él todo un acontecimiento y una revelación. Y le creo. Pero más allá de la genialidad de la cultura helénica, podemos encontrar rastros muy concretos de la inspiración griega en obras tan “cercanas”, culturalmente hablando, como Cien años de soledad. Pensemos por un momento en el intrincado, entreverado y recursivo árbol genealógico de la familia Buendía. Sin duda es uno de los elementos más propios del la obra cumbre de García Márquez. Si nuestros ancestros son como dioses por pertenecer a una esfera espiritual a la que todavía no llegamos, es posible que tenga sentido afirmar que la idea estructural detrás de Cien años de soledad se deba a la inspiración de Homero y Hesíodo.
Lo anterior cobra sentido si se considera que la mitología griega también consiste en la genealogía de los dioses, donde cada uno de ellos representa un valor, una idea e incluso un fenómeno. Sin embargo, los griegos no disponían de textos canónicos (como la Biblia o el Corán) para conocer la jerarquía exacta que había entre los dioses. Esta jerarquía estaba en disputa según cada poeta o filósofo —aunque todos reconocieron la superioridad de Zeus— de modo que Homero afirma ciertas relaciones de parentesco entre los dioses, mientras que Hesíodo (principal poeta después de Homero) admite otras que son contradictorias, de lo que resulta una genealogía bastante confusa, o más cristianamente dicho: un completo galimatías. Como quiera que sea, estás relaciones no son claras y quien quiera que se disponga a estudiar la mitología griega tiene que toparse con un árbol genealógico tan complejo como el de Cien años de soledad.
Ahora bien, de este último paralelismo sólo dispongo de una mínima intuición. Sería interesante llegar a saber algún día si en verdad la Teogonía (obra en la que Hesíodo expone su genealogía de los dioses) inspiró de alguna manera los cien años de Macondo. Y llegar a saber, sin lugar a dudas cómo fueron escritos otros clásicos de la literatura universal.
domingo 28 de diciembre de 2008
De Perfil, de José Agustín: los rasgos de México antes del 68
El protagonista de la obra es un chavito de clase media que esta por entrar a la preparatoria, y a través de múltiples anécdotas y su manera de hablar, nos narra cómo vive él y sus otros amigos de clase media y primos, las características de la Ciudad de México en aquellos años, los problemas que enfrentaban sus papás (y con) y hasta el ambiente musical de la época.
Sobre todo, la imagen dell ambiente de acoso policial hacia la juventud. Una cosa es hacer redadas en discotecas a las 12 de la noche y otra muy distinta es aplicarlas en un café a media tarde. Ahora entiendo mejor los motivos de los jóvenes del 68 para pedir que se quitara del código penal del DF el delito de disolución social, bajo el que te podían entambar por el sólo hecho de estar reunido en público con algunos amigos.
A continuación transcribo una parte de la obra que me pareció de las más interesantes por su capacidad de describirnos el entorno sociopolítico del México de los años 60':
El [mesero] apenas iba llegar a nuestra mesa cuando, sácatelas, cayeron los politecos. Qué jijos de la fregada. Agarraron a empujones a las chamacas y de pasadita les daban su buena manoseada. Ricardo y yo quedamos como idiotas, con los ojos pelones, bien callados, mientras a nuestro alrededor todo mundo hacía escándalo. Los azules jalaban a la gente.—Orale pinches chamaquitos güevones, ya se los cargó la chingada. Un sargento bigotón, con la cara cochambrosa, daba órdenes y bocabajeaba a los dueños del café. Nosotros estábamos en el fondo, y cuando vimos que se acercaba uno de los monos, nos paramos ipsoluegoluego (di un tristísimo sorbo a mi cocacola, para darme valor) y el policía nos empujo al pasar.—Camínenle.Afuera, sentí refeo al ver a tantas niñas chillando, y sobre todo, porque ya se había juntado la inevitable bola de mirones.—Eso les pasa por rebeldes sin casa —Rimó, cacareando, una nauseabunda anciana que traía su bolsa de pan.—Vieja maldita —masculló un cuate que estaba junto a nosotros, pero la señora alcanzó a oir y fue de chismosa con un azul.—¡Este jovenzuelo me está insultando señor policía!—Señor policía, mis güevos —comentó hacia nosotros el jovenzuelo, pero ya estaba ahí el azul. Le propinó un macanzo antes de llevarlo a las julias.—Maleducado, a ver si así aprendes! —gritó aún la maldita verraca y tuvo el descaro de comentarnos: —¡Qué bueno que la policía está cumpliendo con su deber!Deber, mis güevos, pensé, pero me cuidé bien de decir algo.Nos subieron en una julia y durante el camino todos íbamos calladitos (sólo se oía llorar a algunas muchachas). Llegamos a la Octava Delegación, donde ya había fotógrafos y toda la cosa. Ricardo, muy pálido, nada más apretaba mi brazo.[...]—El que traiga credencial de su escuela o de su chamba que la enseñe.[...]—Pos si eres tú, chamaquito, pero esta credencial ya está revieja.—Sí, señor.Calló durante dos o tres siglos y finalmente dijo:—Que te valga por ésta, pero si volvemos a verte cafeteando, te entambamos, ¿entendistes?Asentí como mil veces, tomé la credencial y regresé con Ricardo. Iba a preguntar si se le ofrecía algo, pero volví a oir los ladridos del sargento.—¡Órale, escuincle, pírate o de nada te sirve tu credencialita!
Me retiré, sintiendo los ojos deseperados de Ricardo [quien no traía ninguna crendencial] en mi espalda.Después supe que los azules llamaron al papá de Ricardo a las once de la noche (nos sacaron del café a las seis). [...] y que lo pusieron como camote al llegar a su casa.
Como podemos observar, la libertad de salir a tomar un café, de ir a bailar a una discoteca o de reunirse en público, también fue algo por lo que se tuvo que luchar en este país.
sábado 13 de diciembre de 2008
Sócrates, Antifón y la pobreza

Y una de las más grandes preguntas que Sócrates dirigía a quienes con él conversaban era: “¿Cómo es posible, ateniense, que siendo ciudadano de la más grande ciudad del mundo por su valor y su sabiduría no hayas pensado en más que amontonar riquezas y honores antes de trabajar para hacer tu alma (psyche) tan buena como pueda serlo?” Parece que esta pregunta tiene tanto sentido hoy como hace 2 500 años y para muchas personas más que los antiguos atenienses. Difícilmente admitiríamos que buscamos enriquecernos por que trabajamos para hacer nuestra alma tan buena como pueda serlo…
De este modo, la pobreza suele ser vista como un mal y la riqueza como un bien… Pero Sócrates se oponía a esta afirmación sin mayor profundización. Sócrates había elegido vivir en pobreza por “motivo del culto que [rendía] al dios” y porque era el “testigo irrecusable” de la honestidad de sus intenciones, pero sobre todo, porque consideraba que ”no deben ser las riquezas las que formen la virtud, sino que la virtud debe ser siempre causa de las riquezas”.
Por eso es que otro “apostol” de Sócrates, Jenofonte, un poco menos conocido que Platón, consigna en su propia Apología… lo que Sócrates contestaba cuando era criticado por su pobreza. Parece que a los seres humanos nos es dificil contentarnos con lo necesario, al grado que hemos llevado al planeta al despeñadero ecológico con tal de satisfacer nuevas “necesidades” cuyo beneficio es muy dudoso.
Por eso me pareció pertinente transcribir una parte de lo que se encuentra escrito en la Apología de Sócrates de Jenofonte (431 a.C-354 a.C.), sobre la pobreza. En tiempos en los que en los libros de economía se enseña que “una economía produce eficientemente cuando no se puede mejorar el bienestar de los demás, sin perjudicar el alguien´más” tal vez sea necesario recordar que lo más eficiente es obtener el mayor provecho de los recursos disponibles… así se tenga que perjudicar a todos nuestros excesos.
______________Antifón: —Dada tu pobreza, Sócrates, ni siquera un esclavo desearía ser tu siervo, ni de un señor que así enseñara filosofía. Tus comidas y tus bebidas son escuetas, tus túnicas están desgastadas y siempre son las mismas. Además, eres pobre y sin dinero, cuya posesión vuelve a uno feliz y hace la vida más agradable.
Sócrates: —De seguro, Antifón, te has convencido de que sería mejor morir que vivir mi vida ¿no? Seguro consideras que entre tú y yo, es a mi a quien peor le va. Pero déjame preguntarte algunas cosas...—¿Te parece que es a mi a quien le va peor si no tengo la obligación de platicar con quien no quiero, ya que nadie me paga por hacerlo?—Dime Antifón, ¿acaso mi comida es menos restaurante que la tuya? o ¿es más cara y difícil de conseguir por rara y delicada? Y si piensas que tus alimentos son más agradables ¿no sabes que quien come con apetito disfruta más que quien come con cualquier otro condimento?
—Que yo sepa, la casa es buena si protege del frío y del calor, la ropa si lo hace del frío, y el calzado, si basta para proteger los pies. Entonces ¿has visto que alguna vez me haya tenido que quedar en casa por culpa del frío? Y cuando hace calor ¿me tengo que pelear con alguien por conseguir una sombra? ¿alguna enfermedad de los pies me impide llegar a donde quiero? Pero déjame decirte algo más, a ti que desprecias la pobreza ¿no sabes que aquellos que son más débiles por naturaleza, si ponen cuidado a sus cuerpos llegan a ser más fuertes que aquellos que nacieron con un cuerpo más robusto? De igual modo ¿no consideras tú que quien se acostumbra a bastarse con poco puede soportar mucho mejor las dificultades que quien necesita de mucho? Y si no soy esclavo de mi vientre, ni rehén de mi lujuria, ni siervo de las vanidades ¿no crees que es por placeres que durán más que estos?—Y si de ser útil a los demás se trata ¿quién estará más dispuesto a realizar esfuerzos por sus amigos? Quien no tolere vivir sin lo suplerfuo o quien pueda dominarse a sí mismo ¿quién se rendirá más rápido frente a las dificultades? El que tenga por norma trabajar con lo disponible o quien necesite las cosas más difíciles. Parece, Antifón, que para tí la felicidad son las delicias y la magnificencia... pero para mí la felicidad es no necesitar de ninguna de estas cosas. Sobre todo, porque creo que quien menos necesita está más cerca de lo divino, y tan sólo por este hecho, de lo perfecto.
jueves 7 de agosto de 2008
La virtud es hábito
La primera vez que leí la divisa
"la virtud es hábito"
fue en el libro de Vidas Paralelas del historiador griego Plutarco (50 d.C.–120 d.C.) La frase se me hizo muy interesante pero no creí haberla entendido cabalmente. Después supe que el primero en consignar la equivalencia entre 'virtud' y 'hábito' fue otro griego, Aristóteles (384 a.C–322 a.C), en los primeros capítulos de su libro Ética Nicomaquea. Dicha equivalencia resulta interesante en unos tiempos en los que suele ser la voluntad, y no los hábitos lo que determinan nuestra capacidad de tomar las decisiones correctas, y en esa medida, de ser virtuosos o viciosos.
Todos los días actuamos bajo la gran premisa de que es la voluntad quien determina nuestras elecciones, y en esa medida, nuestra felicidad. La capacidad de decidir hacer lo correcto y lo incorrecto residen fundamentalmente en nosotros mismos. Por ejemplo, el mismo Aristóteles expone en Ética Nicomaquea que, si bien un borracho no dispone de su voluntad, no es menos responsable de los actos de su ebriedad porque hubo un momento en el que pudo haber decidido con toda libertad evadirse del alcohol... pero decidió no hacerlo. Ergo, los actos que cometa en su ebriedad, e incluso el enfermarse de alcoholismo, son toda su responsabilidad. En unas cuantas palabras, se ha expuesto pues, la premisa básica de la ética de nuestra sociedad: basta con elegir entre varias alternativas para ser responsables por las consecuencias de nuestras elecciones... pero algo me dice que no es del todo cierta o que por lo menos hacen falta precisiones muy importantes. Mi objetivo no es echar por tierra ésta premisa básica, fundada en la libertad de elegir; sin embargo, deseo definir cuál es alcance de la voluntad en lo que concierne a la virtud y al vicio, y la responsabilidad individual detrá de ellos.
Algunas páginas antes de plantear el problema del alcohólico (y cientos de años antes que Plutarco), Aristóteles escribió en Ética Nicomaquea que el refuerzo más importante para la virtud es el hábito. Que digo "refuerzo-más-importante", Aristóteles llanamente llega a afirmar que los hábitos simple y sencillamente "lo son todo". Naturalmente, los hábitos se deben instruir en la juventud y forman parte de la educación de un joven. De esta manera, una persona se hace virtuosa a fuerza de repetir continuamente actos de virtud, contenidos en su educación. Pero la verdadera razón por la que Aristóteles vincula a virtud con el hábito es porque a partir de los hábitos la persona obtendrá placer de actuar de cierta manera, y le será desagradable actuar de otra. Por ejemplo, algo desagradable como el trabajo puede llegar a ser una necesidad si uno esta habituado a hacerlo regularmente. Esto quiere decir que lo que uno defina como virtud o vicio es externo a la formación de los hábitos... uno puede acostumbrarse a trabajar, a leer, a pensar.... o a jugar, beber y ver la tele. O sea, la virtud es hábito siempre y cuando se trate de los hábitos correctos. Lo importante es captar como lo habitual determina nuestras pautas de comportamiento.
Y si nos detenemos un momento en esta idea, la formación de los hábitos suele ser externa a la voluntad... sobre todo cuando se es niño y adolescente. Entonces llega la cuestión: ¿cómo se puede culpar a alguien de sus vicios o virtudes si estos dependen de sus hábitos, que a su vez dependen de una educación impartida y vigilada por alguien más? Aristóteles le da tanta importancia al tema de la educación que remarca que "la diferencia entre un buen gobierno y un mal gobierno" es precisamente el cuidado que éste ponga en la educación de los hábitos de sus gobernados.
Y esto también puede pensarse para el individuo y su educación familiar. Si la premisa de que "los hábitos lo son todo" es cierta ¿qué lugar ocupa la voluntad en nuestras decisiones? Sin duda uno muy importante pero que está precedido por el de la eduacación, no sólo de conocimientos sino habitual. Y aunque no lo asumo como respuesta definitiva, la hipótesis principal que defiendo es que sólo pueden tomar decisiones completamente libres (y por lo tanto responsables) aquellos a quienes se les ha educado en cuanto a las consecuencias de sus actos y se les ha reforzado a través de las costumbres. De esta manera, si desde niño y adolescente se te viene diciendo que el alcohol es nocivo y se te explica por qué debes evadirlo pero además se te acostumbra a evitarlo, una vez que este joven sea adulto, la decisión de tomar alcohol será enteramente su responsabilidad. Este individuo, aparte de saber las consecuencias negativas sobre el consumo del alcohol, tendrá además, la costumbre de no consumirlo. La formación de una costumbre contraria a los hábitos de juventud en la edad adulta será, como quien dice, su decisión. Sin embargo, con dificultad podrá cambiar eso hábitos de juventud porque a fuerza de repetirlos habrá encontrado placer en ellos y disgusto en otras maneras de actuar.
¿Qué hay entonces de quienes no han recibido una educación adecuada, que comprenda conciencia sobre las consecuencias y la costumbre en el comportamiento? Son, como dice el Nuevo Testamento, personas que no "tienen oídos para oír" y que no obstante, ¿podrán salvarse porque no son responsables? He aquí el quid de la cuestión. Y escojamos uno de los casos menos difíciles de justificar: el asesinato. Difícilmente alguien me concederá que un asesino es irresponsable porque alguien externo no lo acostumbró a no matar. Pero ese es precisamente lo que deberíamos analizar. Encarcelamos al asesino no por venganza, sino porque su capacidad de tomar decisiones daña a la sociedad y porque esperamos que su encierro sea una manera de readaptarlo a ésta. Claro está que el sistema penitenciario funciona de otra manera, pero sus principios éticos son esos. El hecho es que el asesino daña a la sociedad y es mejor aislarlo de ella por todo el tiempo que sea necesario, pues quien comete homicidio tal vez, pero sólo tal vez, nunca pueda readaptarse a la sociedad. El asesinato nos genera repugnancia moral casi de inmediato... ¿pero alguna vez llegamos a pensar en las circunstancias sociales que llevan a cometer semejante atrocidad? Es posible que usted sienta un gran sentimiento de culpa si llegara a atropellar a un perro en la calle, y ya no hablemos de matar a un ser humano. Pero el asesino se salta todas estas consideraciones, actúa y mata. Por lo tanto ¿qué clase de circunstancias hacen que, nosotros, en condiciones medias tengamos más compasión por un perro... que lo que un asesino llega a tener por su víctima? Algo que tal vez va más allá de la simple idea de lo que está bien y de lo que está mal. Algo que tiene que ver con las circunstancias sociales y la educación.
Si la virtud es transmisible a través de la educación habitual lo negativo también es cierto, o sea, que los hábitos incorrectos también refuerzan los vicios, y además ¿no es la falta de educación una condición importante para elegir el vicio? No no se trata, pues, de exculpar al asesino, se trata de entenderlo. Para ilustrar de qué hablo, escogeré un caso menos controvertido, de hecho el mismo que Aristóteles explicó en Ética Nicomaquea: el alcohólico.
Hace unos años escuché en la tele a un miembro del Consejo Coordinador Empresarial (me parece que era su presidente, lamento no encontrar la nota escrita) decir que la condición de miseria de los indígenas se explicaba en gran parte por su propio alcoholismo. En analogía, pues, con el primer argumento de Aristóteles, este señor afirmaba que la condición de miseria de los indios era, fundamentalmente, su culpa. Pero nada menos alejado de la realidad. Culpar a los indios de su condición sería hacer abstracción de la historia. Incluso el naturalista alemán Alexander von Humboldt (1769 d.C—1859 d.C.) en su Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España se preguntaba quién sería tan simple como para pensar que todos los indígenas siempre fueron así de sumisos, supersticiosos y sobre todo alcohólicos, sin detenerse a pensar que lo mejor de su población y costumbres fue asesinado, quemado y sometido por la fuerza durante la conquista y el virreinato subsiguiente. Que su alcoholismo era una de las precondiciones para ser domininados políticamente. Humboldt llegó a observar en la Ciudad de México del siglo XIX cómo las patrullas levantaban cada mañana los cuerpos de los indios emborrachados por el pulque, y lejos de pensar que esa era su condición natural y su culpa, primero analizó su condición social como resultado de la historia, y su envilecimiento moral como resultado del un sistema político que seguro prefería un indio borracho a un indio rebelde.
No quisiera dejar por eso de recalcar la frase aristotélica que le imputa a los gobiernos la responsabilidad de la educación moral de los ciudadanos. Repito que para el instructor de Alejandro Magno la diferencia crucial entre un gobierno bueno y uno malo eran las costumbres que el gobierno se preocupaba por instruir a sus gobernados. Cuando un gobierno no cuida este aspecto, podemos estar seguros de que sus intenciones no son buenas.
El filósofo francés del siglo XVI, Étienne de la Boétie (1530 d.C–1563 d.C.), escribió a los 18 años un opúsculo en el que se preguntaba cómo era posible que las personas aceptaran de buena gana que los gobernara un tirano. Étienne de la Boétie argumenta varias hipótesis de por qué los hombres obedecen al tirano (cobardía, beneficios directos, placer), pero una de las que me parecen más pertinentes para el caso que nos ocupa es la siguiente: los tiranos pueden gobernar porque corrompen las costumbres de los pueblos, o porque gobiernan sobre pueblos cuyas costumbres ya eran corruptas. Y pone un ejemplo de la antigüedad:
Pero esa astucia de los tiranos de embrutecer a sus súbditos no puede conocerse más claramente que por lo que Ciro hizo con los Lidios, después de que se apoderó de Sardes, la ciudad señora de Lidia, y que hubo puesto a su merced a Creso, aquel rey tan rico, y le llevó prisionero. Le llevaron noticias de que los sardos se habían sublevado. De haber querido, los habría reducido pronto bajo su mano; mas, no queriendo saquear una ciudad tan bella, ni estar siempre con el agobio de tener ahí un ejército para guardarla, se le ocurrió un buen recurso para asegurársela: estableció burdeles, tabernas y juegos públicos, e hizo publicar una orden en la que los habitantes tuvieran que hacer uso de ellos. Se encontró tan bien con esta guarnición que nunca más fue necesario tirar un golpe de espada contra los lidios. (Discurso sobre la Servidumbre Voluntaria, 38)
Así, este empresario debería agradecerle al alcoholismo de los indígenas el tener todavía la cabeza puesta en su lugar. Bueno, tampoco es para tanto, pero que se entienda el papel que desempeña el entorno político en nuestra moralidad.
Por ejemplo, y tan sólo citando un aspecto que influye en los hábitos y la cultura de un país: la televisión. Los gobiernos del PRI dejaron crecer a las cadenas nacionales de televisión abierta cuyo primer objetivo, naturalmente, consiste en hacer negocio con el entretenimiento a través del consumidor mediano. Y no es que esto fuera malo por si mismo, lo que sí estuvo mal fue que los gobiernos prescindieran de un medio tan importante para dejar de ocuparse de la educacion nacional. Suena poco creíble pensar que la televisión resulta poco efectiva para difundir la ciencia y la reflexión así como otros valores que más o menos comparte cualquier sociedad desarrollada. Seguro pensará qué clase de televisión podría publicar esos programas y ser viable como empresa. Por una parte creo que sí hay buenos ejemplos en otros países del mundo (la BBC tal vez), pero por otra no creo que si la televisión no fuera un buen negocio y no existiera lo pasaramos tan mal...
Pero la historia no fue así. Entonces como ahora, el televidente mexicano promedio se contenta con programas que fomentan la superstición religiosa, el sentimentalismo, la cultura del alcohol e incluso de la sensualidad más burda. Las telenovelas, los horóscopos, el espacio que se dedica a cubrir las peregrinaciones, los productos milagro y hasta los noticieros no son resultado de la casualidad ni han tenido ni tendrán un efecto marginal en la cultura de México. Así, el principal medio para la educación cotidiana del pueblo, la tele, está en manos de dos cadenas cuyo objetivo no es educar sino atraer al consumidor mediano hacia las nuevas “tabernas” y “juegos públicos”, bajo la caricatura obtusa del principio de “dejar hacer y dejar pasar” de los gobiernos. Es cierto, nadie obliga al pueblo a educarse a través de la TV abierta pero acaso ¿no ha quedado claro que nadie puede elegir en completa libertad si antes no cuenta con la instrucción adecuada?
Por eso los liberales mexicanos del siglo XIX entendían más de libertad individual y del gobierno del Estado, que los supuestos libertarios del presente que dejan la responsabilidad de la elección con E mayúscula en manos de comerciantes del entretenimiento y en los alentadores de la superstición; porque sabían el papel fundamental de la instrucción y los hábitos en la educación del pueblo. O si no de qué otro modo Juárez habría pensado lo siguiente:
Desearía que el protestantismo se mexicanizara conquistando a los indios; éstos necesitan una religión que les obligue a leer y no les obligue a gastar sus ahorros en cirios para los santos” (Benito Juárez citado por Justo Sierra en Juárez: su obra y su tiempo, 546)
Por eso nada de lo anterior desvirtúa nuestra libertad de elegir, al contrario, elegir es un verbo demasiado importante como para que se le llame elección a cualquier decisión que uno haga, sin fijar condiciones previas. Al final, hayamos elegido o no, todos somos responsables de nuestros actos porque la vida o la sociedad se encarga de pasarnos el costo, a veces más temprano que tarde. Y como dice la escritura “el que tenga oídos para oir que oiga” y si no, pues como dice un amigo "vámonos a ver Hoy chavos".
lunes 14 de abril de 2008
Espero curarme de ti
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
J. S.




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